lunes, junio 26, 2006

La educación no es un negocio (…y así nos va) II

Vamos ahora con los argumentos de tipo moral que utilizan los estados para oponerse al libre mercado en educación. La raíz de esos argumentos está en la concepción de la educación, por una parte como motor de cambio social, y por otra como forma de promoción personal. Nada habría que objetar a esta concepción sino se ligasen ambas características a otro de los conceptos mágicos que nos rodean el de “equidad”, antes llamado igualdad.

La raíz de todos los males del mundo nace de la desigualdad de oportunidades que virtualmente el mercado genera. Esas diferencias, sin la intervención de un fuerte poder estatal, no se pueden corregir y tienden a perpetuarse y reproducirse a lo largo de generaciones.

Ciertamente, es difícil llegar a explicarse como ha llegado a instalarse un cuento que liga los problemas de las sociedades feudales o de castas con los de la sociedad libre. Hasta la llegada de la burguesía quien nacía pobre, pobre moría, el destino era inevitable y la suerte estaba echada. Fue con la revolución industrial cuando la suerte se podía cambiar.

Con el capitalismo la movilidad deja de estar ligada al linaje y pasa a ligarse al mérito, al trabajo personal y a la creatividad individual que satisface las necesidades del público. Es cierto que no puede hablarse de que todo el mundo tenga las mismas oportunidades pero el capitalismo y el libre mercado ofrece oportunidades abundantes para el progreso de todos y un aumento general de oportunidades que ya no pueden conservarse acudiendo a la sangre. De nuevo la existencia de las minorías de marginados no puede servir para justificar el universalismo del sistema educativo pues la intervención del estado suele obstruir las posibilidades de desarrollo precisamente de aquellos a los que, en teoría, quiere ayudar. ¿Cuántos jóvenes que no desean estudiar ven expropiados años de su vida mediante escolaridad obligatoria? Años en los cuales alguien, en un sistema libre, les podría ofrecer algo realmente adecuado a sus intereses.

La corta mirada de los piensan que no hay ninguna posibilidad de promoción más que a través de la escuela obligatoria hasta los dieciséis años, donde todos hacen lo mismo, aprenden lo mismo y acaban casi soñando lo mismo es una muestra más de cuán soberbia es la mentalidad del planificador central, capaz de saber lo que necesitan niños a los que nunca ha visto y cuyas circunstancias desconoce, y cuán miope su vista.

Los problemas educativos que están experimentando la totalidad de los países occidentales en mayor o menor grado no son consecuencia de una mala planificación sino de la imposibilidad de que ésta pueda ser buena. Es imposible porque, como bien han descrito los economistas liberales, hablamos de millones de personas en millones de situaciones diferentes y con múltiples intereses distintos.

Ciertamente, incluso en el pensamiento liberal existe cierto temor a introducir el libre mercado en educación de forma tan amplia y muchos se limitan a defender modelos de cheque escolar que resultan para nuestra mentalidad educada en años de estatalismo toda una aventura ¿por qué?

La realidad es que no existen precedentes de un estancamiento tan pronunciado como el que se puede observar en un análisis del hecho educativo. Prácticamente no hay actividades que se mantengan de manera tan uniforme desde hace decenas y decenas de años. No tiene mucho sentido esta situación en un mundo tan complejo y que tanto ha cambiado en los últimos años. Sin embargo, lo que ha pasado tiene su lógica. Para explicarlo sirvámonos de un ejemplo. Imaginemos que lo que ha sucedido con la educación sucediese también con el mundo del ocio. Los estados, persuadidos de la necesidad del tiempo de asueto y de su deber de hacerlo accesible a sus ciudadanos, establecen la obligatoriedad de la práctica del fútbol. Después de doscientos años algún loco podría siquiera pensar que tal vez existiese alguna otra actividad para desarrollar el ocio humano. Inmediatamente los estatalistas pedirían a este sujeto ficticio toda clase de alternativas perfectamente pensadas. Pero ¿cómo pensar el baloncesto con su complejidad y sus reglas si durante tanto tiempo hemos prohibido bajo amenaza de cárcel pensar una alternativa en libertad al fútbol? La imposición coactiva de un sistema para todos ha paralizado la creatividad en educación de una manera alarmante y que sólo podemos imaginar observando la enorme variabildad que existe allí donde se permite la existencia de mercado libre.

Un último comentario sobre el penoso efecto que ha supuesto el intervencionismo totalitario del estado, y principalmente su concepto altamente pernicioso de “enseñanza gratuita”, en la mentalidad que manifiestan la mayoría de los padres al encarar el problema de la educación de sus hijos. En primer lugar cualquiera sabe que, a pesar de lo que las administraciones nos digan desde que somos pequeños, el concepto gratuidad es profundamente falso y letalmente desincentivador.

El dinero sale del trabajo humano y es un bien finito. Es precisamente en la administración de ese bien finito, que requiere priorizar deseos y evaluar necesidades, donde se manifiesta, de alguna manera, lo que somos y lo que queremos ser. Convertir la actividad educativa en un bien que escapa a la necesidad de asignar libremente los recursos disponibles equivale a suprimir gran parte de la responsabilidad de los padres, precisamente, en uno de los ámbitos en el que deberían ser más responsables. Con el objetivo, presuntamente loable y realmente paternalista, de ofrecer educación “gratuita” se desincentiva el potencial interés por la educación que deja de ser un bien en el que experimentamos la necesidad de asignar recursos que son detraídos de otros lados. Dicho de otra manera se deja de otorgar valor a ese bien.

No es que pensemos que la educación es menos valiosa que el coche pero elegir un coche obliga ver concesionarios, planificar el gasto, evaluar el uso y finalmente destinar recursos que inevitablemente no se destinarán a otro bien. En definitiva uno se siente dueño de una decisión y libre. Si después de pensar en lo que nos cuestan las decisiones del mercado y lo que implican acudimos a la observación general de lo que sucede en el mundo de la educación no puede sino invadirnos una cierta tristeza al comprobar como, en asuntos tan importantes, nos hemos convertido, en palabras de C S Lewis, en “esclavos voluntarios del estado del bienestar”.

La educación no es un negocio (…y así nos va) I

Paseando por la Universidad española pueden comprobarse en estos tiempos de “convergencia europea” y divergencia española numerosos carteles reivindicativos mediante los cuales los estudiantes nos informan que “la educación es un derecho y no un negocio” y en los que una asociación llamada ACME convoca a los estudiantes contra el antes mentado proceso de convergencia europea. Curioso nombre el de la asociación que recuerda a una conocida empresa que aparecía en los dibujos animados del correcaminos, cuyos productos no funcionaban, y que ahora significa “Asamblea Contra la Mercantilización en Educación”. Sin duda, todo un diagnóstico.

Empiezo por decir que aquí tampoco somos muy amigos del proceso de convergencia pero no por la mercantilización de la educación, que sólo presuntamente supone, sino por el inmenso enjambre burocrático intervencionista y asfixiante que representa. Como me dijo una vez un buen amigo, medio en broma medio en serio, tratamos de hacer la Unión Europea pero nos está saliendo la Unión Soviética.

Hablar de mercado y educación puede parecer, en el lenguaje del buenismo y de lo políticamente correcto en el que nos movemos, un típico oxímoron cuando no un asunto odioso, pues circula hoy la idea de que la educación es algo ajeno al mercado, algo que se debe a todos y que es siempre más que un vulgar producto del mercado, es una actividad que no tiene precio, algo que vale tanto que no es posible convertirlo en una mercancía sin degradarlo. Por supuesto y consecuentemente la educación es un bien con el que no te puedes lucrar, palabra odiosa e ininteligible combinada con la educación algo puro e inmaculado. Resultaría interesante rastrear algunas de las posibles causas que nos han conducido a esta consideración de un bien que, como todos, claro que tiene precio, y por el que debemos pagar, y de hecho pagamos.

Podemos resumir los argumentos que más se utilizan contra el mercado educativo en dos, uno que podríamos denominar de carácter utilitarista y el otro con fundamentos más ligados a lo supuestamente ético-moral.

El primero de los argumentos lo podríamos formular de la siguiente manera: todo ser humano tiene derecho a la educación sin la cual resulta imposible el desenvolvimiento en el mundo. Para evitar que nadie quede privado de este derecho es necesario que los estados se hagan cargo de la gestión de este servicio cosa que hacen de cuatro formas: a) decretando los mínimos educativos, b) implantando el sistema escolar como procedimiento para su enseñanza c) obligando a todos los niños a la asistencia a la escuela, y d) estableciendo, dirigiendo y gestionando, a partir de un sistema de impuestos, una red de escuelas públicas disponibles para la totalidad de la población. Nótese el sutil salto lógico que se produce en este último punto pues comenzamos diciendo que es necesaria la intervención del estado en educación “para evitar que nadie quede privado de ella”, luego parecería lógico que el estado tuviese un carácter subsidiario y no fundamental. Es el salto lógico de todos los intervencionismos, empiezan justificandose en la necesidad de una minoría que no puede acceder a un bien y terminan sacando a la sociedad civil de la creacción de ese bien y convirtiendose en los únicos dispensadores del mismo.

El segundo argumento, que hemos denominado de carácter ético moral, podría describirse asi: el mundo es un lugar injusto donde hay quienes nacen con poco, o con casi nada, y quienes nacen con mucho. Para superar esa injusta desigualdad se hace necesaria una educación que sitúe a todos los ciudadanos en igualdad de oportunidades ante el futuro. A partir de aquí, con estos motivos, se justifica la intervención estatal en educación y la retirada de esta actividad como producto de mercado.

Quizás antes de continuar desmontando las razones argüidas por los estatalistas para justificar su omnipresencia en educación algunos se vean tentados a argumentar que la presencia del estado no implica ausencia de mercado y que existe la enseñanza privada. Sin embargo, no estamos en un caso en el que el estado se limite a ser un mero regulador, o un prestador subsidiario de un servicio necesario que un supuesto mercado no pudiese proveer. Sino que se trata de una intervención directa a través de las leyes sobre lo que se debe enseñar, e incluso cómo debe enseñarse, además de situarse como un competidor desleal e ilegítimo en la prestación de ese servicio. No podemos olvidar que el estado consigue sus recursos a base de la extorsión de personas, que quizás no deseen sus servicios, pero a las que el propio estado se obliga a ofrecer un puesto en su red de escuelas.

Si bien es cierto que hay gente que puede pagarse la educación dos veces (vía impuestos y vía escuela privada), e incluso que hay también gente que sorteando todas las trabas, que son muchas, jugándose incluso la custodia de sus hijos consigue acudir a alternativas a la escuela. No creo que nadie en su sano juicio pueda llamar a eso libre mercado. Sin duda, si existe un sector ultra intervenido en la actualidad ese es el de la educación.

Pero tratemos de desmontar ahora los argumentos antes expuestos que justificarían y de hecho tratan de justificar, no ya la intervención estatal en la educación, sino su monopolio de facto.

Empecemos por el primero de esos argumentos. Como en muchas otras ocasiones una buena falacia debe comenzar con una verdad y verdad es que la educación es necesaria, incluso, por darle un mayor tono dramático podríamos decir que imprescindible, para el desenvolvimiento de toda persona humana. Sin educación, en sentido laxo, no hay apenas humano. Sólo un animal torpe, insuficientemente adaptado al mundo y que resultaría fácilmente exterminado por su entorno natural. Es algo ya bien estudiado por la antropología de Gelher a Portman o Geertz por poner sólo algunos ejemplos.

Sin embargo, esto era verdad también antes, mucho antes, de la aparición de institución escolar. Educación la ha habido siempre y siempre la habrá, pero la escuela es un invento reciente y puede desaparecer. Nada hay en nuestros genes que diga que todo lo que debemos aprender antes de funcionar como hombres debamos aprenderlo en la escuela. Es por lo tanto el primer gran truco de auténtico prestidigitador la ligazón entre derecho a la educación y obligatoriedad de la escuela.

Es esta base coactiva, de lo que no es sino un sistema para enseñar y no la enseñanza misma, la que nos alerta sobre las verdaderas intenciones del estado en materia educativa que no son las de supuestamente socorrer a una sociedad civil que, vía mercado, trata de satisfacer una prestación necesaria, sino simple y llanamente las de control social. Por eso compite desde una posición de monopolio fraudulento con esa misma sociedad civil a la que no pretende subsidiar sino suplantar.

viernes, junio 23, 2006

¿Por qué junkeducation? ¿Por qué ahora?

En 1996 aparecía en Internet la página junkscience.com, (literalmente chatarra científica) la finalidad de esta interesante página era la de desvelar el torticero uso de la ciencia para defender datos e hipótesis sobre los más variados tópicos, generalmente ligados al medio ambiente o a la sociología, sin contar con evidencia científica real y rigurosa.

Si esto ocurre en el campo de la ciencia que decir de lo que sucede en el ámbito de la teoría educativa. Muchos de los tópicos sobre la educación más ridículos, algunos con amplio apoyo social, tratan de ofrecerse como fruto de un conocimiento científico pedagógico riguroso. El sentido de esta página no es otro que tratar de desvelar periódicamente algunos de esos tópicos y demostrar que su vigencia no es fruto del rigor científico sino de la ignorancia o la ideología. No es una crítica a la posibilidad de conocimiento pedagógico, pues está hecha por quien se dedica a la pedagogía desde la Universidad, pero sí defender la necesidad de no dar por buena toda ocurrencia sólo por el hecho de que suene bien o esté de moda.

Nacer al comienzo del verano, justo el día que terminan los colegios en Madrid, tampoco es casual pues una de los objetivos de esta página es demostrar que la idea de que el estado debe educar a sus miembros de manera privilegiada no es sino un enorme mito como trataremos ir demostrando. ¿Qué mejor día para empezar que aquel en el que el estado libera a sus educandos y éstos comienzan a aprender de otra forma?