lunes, junio 26, 2006

La educación no es un negocio (…y así nos va) I

Paseando por la Universidad española pueden comprobarse en estos tiempos de “convergencia europea” y divergencia española numerosos carteles reivindicativos mediante los cuales los estudiantes nos informan que “la educación es un derecho y no un negocio” y en los que una asociación llamada ACME convoca a los estudiantes contra el antes mentado proceso de convergencia europea. Curioso nombre el de la asociación que recuerda a una conocida empresa que aparecía en los dibujos animados del correcaminos, cuyos productos no funcionaban, y que ahora significa “Asamblea Contra la Mercantilización en Educación”. Sin duda, todo un diagnóstico.

Empiezo por decir que aquí tampoco somos muy amigos del proceso de convergencia pero no por la mercantilización de la educación, que sólo presuntamente supone, sino por el inmenso enjambre burocrático intervencionista y asfixiante que representa. Como me dijo una vez un buen amigo, medio en broma medio en serio, tratamos de hacer la Unión Europea pero nos está saliendo la Unión Soviética.

Hablar de mercado y educación puede parecer, en el lenguaje del buenismo y de lo políticamente correcto en el que nos movemos, un típico oxímoron cuando no un asunto odioso, pues circula hoy la idea de que la educación es algo ajeno al mercado, algo que se debe a todos y que es siempre más que un vulgar producto del mercado, es una actividad que no tiene precio, algo que vale tanto que no es posible convertirlo en una mercancía sin degradarlo. Por supuesto y consecuentemente la educación es un bien con el que no te puedes lucrar, palabra odiosa e ininteligible combinada con la educación algo puro e inmaculado. Resultaría interesante rastrear algunas de las posibles causas que nos han conducido a esta consideración de un bien que, como todos, claro que tiene precio, y por el que debemos pagar, y de hecho pagamos.

Podemos resumir los argumentos que más se utilizan contra el mercado educativo en dos, uno que podríamos denominar de carácter utilitarista y el otro con fundamentos más ligados a lo supuestamente ético-moral.

El primero de los argumentos lo podríamos formular de la siguiente manera: todo ser humano tiene derecho a la educación sin la cual resulta imposible el desenvolvimiento en el mundo. Para evitar que nadie quede privado de este derecho es necesario que los estados se hagan cargo de la gestión de este servicio cosa que hacen de cuatro formas: a) decretando los mínimos educativos, b) implantando el sistema escolar como procedimiento para su enseñanza c) obligando a todos los niños a la asistencia a la escuela, y d) estableciendo, dirigiendo y gestionando, a partir de un sistema de impuestos, una red de escuelas públicas disponibles para la totalidad de la población. Nótese el sutil salto lógico que se produce en este último punto pues comenzamos diciendo que es necesaria la intervención del estado en educación “para evitar que nadie quede privado de ella”, luego parecería lógico que el estado tuviese un carácter subsidiario y no fundamental. Es el salto lógico de todos los intervencionismos, empiezan justificandose en la necesidad de una minoría que no puede acceder a un bien y terminan sacando a la sociedad civil de la creacción de ese bien y convirtiendose en los únicos dispensadores del mismo.

El segundo argumento, que hemos denominado de carácter ético moral, podría describirse asi: el mundo es un lugar injusto donde hay quienes nacen con poco, o con casi nada, y quienes nacen con mucho. Para superar esa injusta desigualdad se hace necesaria una educación que sitúe a todos los ciudadanos en igualdad de oportunidades ante el futuro. A partir de aquí, con estos motivos, se justifica la intervención estatal en educación y la retirada de esta actividad como producto de mercado.

Quizás antes de continuar desmontando las razones argüidas por los estatalistas para justificar su omnipresencia en educación algunos se vean tentados a argumentar que la presencia del estado no implica ausencia de mercado y que existe la enseñanza privada. Sin embargo, no estamos en un caso en el que el estado se limite a ser un mero regulador, o un prestador subsidiario de un servicio necesario que un supuesto mercado no pudiese proveer. Sino que se trata de una intervención directa a través de las leyes sobre lo que se debe enseñar, e incluso cómo debe enseñarse, además de situarse como un competidor desleal e ilegítimo en la prestación de ese servicio. No podemos olvidar que el estado consigue sus recursos a base de la extorsión de personas, que quizás no deseen sus servicios, pero a las que el propio estado se obliga a ofrecer un puesto en su red de escuelas.

Si bien es cierto que hay gente que puede pagarse la educación dos veces (vía impuestos y vía escuela privada), e incluso que hay también gente que sorteando todas las trabas, que son muchas, jugándose incluso la custodia de sus hijos consigue acudir a alternativas a la escuela. No creo que nadie en su sano juicio pueda llamar a eso libre mercado. Sin duda, si existe un sector ultra intervenido en la actualidad ese es el de la educación.

Pero tratemos de desmontar ahora los argumentos antes expuestos que justificarían y de hecho tratan de justificar, no ya la intervención estatal en la educación, sino su monopolio de facto.

Empecemos por el primero de esos argumentos. Como en muchas otras ocasiones una buena falacia debe comenzar con una verdad y verdad es que la educación es necesaria, incluso, por darle un mayor tono dramático podríamos decir que imprescindible, para el desenvolvimiento de toda persona humana. Sin educación, en sentido laxo, no hay apenas humano. Sólo un animal torpe, insuficientemente adaptado al mundo y que resultaría fácilmente exterminado por su entorno natural. Es algo ya bien estudiado por la antropología de Gelher a Portman o Geertz por poner sólo algunos ejemplos.

Sin embargo, esto era verdad también antes, mucho antes, de la aparición de institución escolar. Educación la ha habido siempre y siempre la habrá, pero la escuela es un invento reciente y puede desaparecer. Nada hay en nuestros genes que diga que todo lo que debemos aprender antes de funcionar como hombres debamos aprenderlo en la escuela. Es por lo tanto el primer gran truco de auténtico prestidigitador la ligazón entre derecho a la educación y obligatoriedad de la escuela.

Es esta base coactiva, de lo que no es sino un sistema para enseñar y no la enseñanza misma, la que nos alerta sobre las verdaderas intenciones del estado en materia educativa que no son las de supuestamente socorrer a una sociedad civil que, vía mercado, trata de satisfacer una prestación necesaria, sino simple y llanamente las de control social. Por eso compite desde una posición de monopolio fraudulento con esa misma sociedad civil a la que no pretende subsidiar sino suplantar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Bueno, ya hay al menos dos personas que leen este Blog. Espero que sea un verdadero éxito.

julián dijo...

Intentaré, no sin otra, deslizarme a través de tus escritos con mirada bichera y linsojera ornamenta de predoctor universitario. Y desde hoy, hasta próximas marcas, viajaré como transita el lazo azul del eco interrumpido que supone el legado hecho en mí por mis mentores, mis alas, mi orígenes más fecundos. Hecha tal aclaración:
Sigo.

A la referencia sobre si la educación es un negocio entiendo dos formas: (1) La educación como cuerpo que se elabora al ras de la épocas dialécticamente propugnado su "ser en tanto deseo" (concepción ética) en detrimento a su "ser en tanto ocurre" (concepción moralista); en negocio en tanto pugna. Importante observación que me acelera otra idea (2): La educación (entendida ahora si como "medio tras el cual se sirve la humanidad para desvelar y comunicar su proyecto") es, siempre ha sido y será. Pero entonces, ¿qué pinta el mercado en todo esto? SI pienso en mercado, mi biografía me remite a un espacio de bullicio y aromas donde uno "compite" por un "producto" deseando; a ser posible lo mejor al menor precio.

Esto, no creo que sea cosa de los estados modernos, pienso y digo que sólo pienso, que siempre hubo de ser así... Por lo menos hasta niveles de la historia me ha permitido conocer.. aunque reconozco que cierta inquietud brota acá en el centro como diciéndome que hubo de haber un tiempo donde se halagó aquello fabricado por y para el hombre. Pero sólo es eso , un golpetón en el pecho.

Pero porqué nos resistimos a cobrar por educación? Pagar, pagamos (y tanto si pagamos). Pero no cobramos. ¿porqué?

Cuál fue mi sorpresa al acertar con cierto profesor que me dijo: honorario era aquello que recibían los maestros antiguamente; se les pagaba "el honor".

¡Se les pagaba el honor!

y digo ¿qué hay en un negocio?

En negocio cierta parte adquiere otra parte de algo que en cierta medida com-parte en un acto de sellado. Si yo compro una televisión por 100 euros; a mi casa no sólo me llevaré la televisión sino también la "memoria de esos 100 euros"; dónde los conseguí, cuándo, e incluso a quién se los di. Dicho de otra forma, "cuando uno intercambia una parte por otra parte; ésta se com-parte en su doble acepción: Com-parte en el sentido de mitades divididas y com-parte en el sentido narrativo y biográfico del término; Parten como porción, y parte como inicio de una travesía hacia un fin aun inconcluso; pues cuando algo se com-parte, parten partidas dos mitades hacia un mismo lugar"

¿Dónde quiero llegar? qué la educación, así entendida, es un viaje, pero también un peaje, un regreso y sobre todo, y por encima de todo, un acto de com-partir. y ante tal embrujo verbal... a quién cobrar por mis servicios? al Estado, al Padre, a la Universidad?

Digo que no nos hemos transmitido el negocio educativo como memoria, como un acto de viaje… lo hemos pensado, lo hemos puesto sobre la tinta, pero no ya sobre la piel; Ninguno, y digo muy pocos, siente la necesidad de com-partir algún viaje.

Ahora quiero repensar porqué nadie se ha hecho rico enseñando.

Y me remito a algo que dije anteriormente: SI pienso en mercado, mi biografía me remite a un espacio de bullicio y aromas donde uno" compite" por un "producto" deseado; a ser posible lo mejor al menor precio.

Puedo pensar en competir en educación, puede pensar en el esfuerzo e incluso decirme que la educación se elabora más alada cuando cerca de ti hay quienes te avisan de peligros que se asoman lentamente. Pero ¿tiene producto la educación? Y me refiero al sentido de producto como algo ipso facto, algo que te llevas a casa sabiendo que es mejor que aquello que antes tenías: “algo que le puedas enseñar a tus amigos cuando vengan a verte los sábados antes del partido”.

Surgió mi tesis: La educación no tiene el éxito que tiene el televisor de plasma simplemente porque no es ni útil, ni necesaria… ni nunca lo ha sido; siempre ha sido vista la educación como “buenas maneras de com-portarse o como tediosa forma de conseguir la aprobación de quienes te rodeaban; A mayor ilustración, (es pensado aún en círculos estudiantiles) mayor re-conocimiento

La educación aún conserva el idealismo griego, pero no se sabe zafar de las garras métricas modernas; donde el tiempo ya no es una apertura hacia la eternidad, y donde nos han implantado la noción de mercado y negocio al puro estilo moderno, creyéndonos a pies juntillas que hemos de ser sumisos, arreglar, re-pensar, re-formular… ¡Carajo, no! Cada hora por la que un universitario piensa, diez chicos abandonas las aulas… Es una apuesta perdida, 10 contra uno; ningún empresario en su sano juicio aceptaría tal desafío… seguro diría: vende amigo, tu empresa… está a punto de quebrar.

Retomando . Digo que la idea de educación moderna muere. Que en cierta medida nosotros la estamos matando; ¡Criminales! Seguro se alzaría algunas viejas voces. La estamos violando, prostituyendo, maquillando, ridiculizando, negando… presas de nuestro pánico construimos mejores planes de estudio, nuevos libros de texto, prescripciones metodológicas… para qué? hacia dónde queremos dirigirnos? Es eso educación? Construir templos vacíos que como tumbas recuerdan el fracaso de la memoria de antiguos pensadores?... Alcen escuelas!, busquen psicólogos!... y mientras tanto, el pedagogo, irrisorio se lamenta entre constructos, lecturas y paseos nocturnos.

A la pregunta ¿es la educación un mercado? Digo no. Y digo no simplemente porque existiendo algo que se llama voluntariado, ¡cómo va a ser ese producto de fiar! Si cualquiera puede hacerlo. Cómo va a ser la educación un mercado si cuando compro un kilo de papas un tipo me da un recibo y me dice “vuelva usted cuando quiera, y si no le gusta, le devuelvo su dinero” . Y como va a ser un mercado si me he nutrido de la idea de que la educación es una ayuda, que llegados a estas alturas hemos sido incapaces de desarrollar un “Colegio de Pedagogos”. A la pregunta ¿es la escuela un mercado? Digo si. Y lo digo porque somos ahora nosotros, los productos con lo que eso llamado Estado se nutre y juega en el mercado internacional… “yo tengo buenos poetas y mejores futbolistas” tu qué tienes? Parecen decirse. Entonces, si somos mercado, ahora si escucho el bullicio y las típicas regañinas de “quién es el último en la cola, por favor?, Ah! Sí, Yo quiero dos licenciaturas, un modulo de fotografía y… me va a poner cuarto y mitad de cursos de Idiomas y Animación a la lectura; es que la semana que viene –añadiría- traigo invitados en casa”