La educación no es un negocio (…y así nos va) II
Vamos ahora con los argumentos de tipo moral que utilizan los estados para oponerse al libre mercado en educación. La raíz de esos argumentos está en la concepción de la educación, por una parte como motor de cambio social, y por otra como forma de promoción personal. Nada habría que objetar a esta concepción sino se ligasen ambas características a otro de los conceptos mágicos que nos rodean el de “equidad”, antes llamado igualdad.
La raíz de todos los males del mundo nace de la desigualdad de oportunidades que virtualmente el mercado genera. Esas diferencias, sin la intervención de un fuerte poder estatal, no se pueden corregir y tienden a perpetuarse y reproducirse a lo largo de generaciones.
Ciertamente, es difícil llegar a explicarse como ha llegado a instalarse un cuento que liga los problemas de las sociedades feudales o de castas con los de la sociedad libre. Hasta la llegada de la burguesía quien nacía pobre, pobre moría, el destino era inevitable y la suerte estaba echada. Fue con la revolución industrial cuando la suerte se podía cambiar.
Con el capitalismo la movilidad deja de estar ligada al linaje y pasa a ligarse al mérito, al trabajo personal y a la creatividad individual que satisface las necesidades del público. Es cierto que no puede hablarse de que todo el mundo tenga las mismas oportunidades pero el capitalismo y el libre mercado ofrece oportunidades abundantes para el progreso de todos y un aumento general de oportunidades que ya no pueden conservarse acudiendo a la sangre. De nuevo la existencia de las minorías de marginados no puede servir para justificar el universalismo del sistema educativo pues la intervención del estado suele obstruir las posibilidades de desarrollo precisamente de aquellos a los que, en teoría, quiere ayudar. ¿Cuántos jóvenes que no desean estudiar ven expropiados años de su vida mediante escolaridad obligatoria? Años en los cuales alguien, en un sistema libre, les podría ofrecer algo realmente adecuado a sus intereses.
La corta mirada de los piensan que no hay ninguna posibilidad de promoción más que a través de la escuela obligatoria hasta los dieciséis años, donde todos hacen lo mismo, aprenden lo mismo y acaban casi soñando lo mismo es una muestra más de cuán soberbia es la mentalidad del planificador central, capaz de saber lo que necesitan niños a los que nunca ha visto y cuyas circunstancias desconoce, y cuán miope su vista.
Los problemas educativos que están experimentando la totalidad de los países occidentales en mayor o menor grado no son consecuencia de una mala planificación sino de la imposibilidad de que ésta pueda ser buena. Es imposible porque, como bien han descrito los economistas liberales, hablamos de millones de personas en millones de situaciones diferentes y con múltiples intereses distintos.
Ciertamente, incluso en el pensamiento liberal existe cierto temor a introducir el libre mercado en educación de forma tan amplia y muchos se limitan a defender modelos de cheque escolar que resultan para nuestra mentalidad educada en años de estatalismo toda una aventura ¿por qué?
La realidad es que no existen precedentes de un estancamiento tan pronunciado como el que se puede observar en un análisis del hecho educativo. Prácticamente no hay actividades que se mantengan de manera tan uniforme desde hace decenas y decenas de años. No tiene mucho sentido esta situación en un mundo tan complejo y que tanto ha cambiado en los últimos años. Sin embargo, lo que ha pasado tiene su lógica. Para explicarlo sirvámonos de un ejemplo. Imaginemos que lo que ha sucedido con la educación sucediese también con el mundo del ocio. Los estados, persuadidos de la necesidad del tiempo de asueto y de su deber de hacerlo accesible a sus ciudadanos, establecen la obligatoriedad de la práctica del fútbol. Después de doscientos años algún loco podría siquiera pensar que tal vez existiese alguna otra actividad para desarrollar el ocio humano. Inmediatamente los estatalistas pedirían a este sujeto ficticio toda clase de alternativas perfectamente pensadas. Pero ¿cómo pensar el baloncesto con su complejidad y sus reglas si durante tanto tiempo hemos prohibido bajo amenaza de cárcel pensar una alternativa en libertad al fútbol? La imposición coactiva de un sistema para todos ha paralizado la creatividad en educación de una manera alarmante y que sólo podemos imaginar observando la enorme variabildad que existe allí donde se permite la existencia de mercado libre.
Un último comentario sobre el penoso efecto que ha supuesto el intervencionismo totalitario del estado, y principalmente su concepto altamente pernicioso de “enseñanza gratuita”, en la mentalidad que manifiestan la mayoría de los padres al encarar el problema de la educación de sus hijos. En primer lugar cualquiera sabe que, a pesar de lo que las administraciones nos digan desde que somos pequeños, el concepto gratuidad es profundamente falso y letalmente desincentivador.
El dinero sale del trabajo humano y es un bien finito. Es precisamente en la administración de ese bien finito, que requiere priorizar deseos y evaluar necesidades, donde se manifiesta, de alguna manera, lo que somos y lo que queremos ser. Convertir la actividad educativa en un bien que escapa a la necesidad de asignar libremente los recursos disponibles equivale a suprimir gran parte de la responsabilidad de los padres, precisamente, en uno de los ámbitos en el que deberían ser más responsables. Con el objetivo, presuntamente loable y realmente paternalista, de ofrecer educación “gratuita” se desincentiva el potencial interés por la educación que deja de ser un bien en el que experimentamos la necesidad de asignar recursos que son detraídos de otros lados. Dicho de otra manera se deja de otorgar valor a ese bien.
No es que pensemos que la educación es menos valiosa que el coche pero elegir un coche obliga ver concesionarios, planificar el gasto, evaluar el uso y finalmente destinar recursos que inevitablemente no se destinarán a otro bien. En definitiva uno se siente dueño de una decisión y libre. Si después de pensar en lo que nos cuestan las decisiones del mercado y lo que implican acudimos a la observación general de lo que sucede en el mundo de la educación no puede sino invadirnos una cierta tristeza al comprobar como, en asuntos tan importantes, nos hemos convertido, en palabras de C S Lewis, en “esclavos voluntarios del estado del bienestar”.

