Los libros de texto
Tener el BOE como lectura de cabecera no suele ser una actividad muy recomendable pues es fácil que el dolor de cabeza ronde al incauto. Sin embargo, en esta ocasión, y empujado por mi amigo Juan, me lance a la lectura de la recientemente publicada ley del libro. Reconozco humildemente que durante la lectura de las primeras páginas de la ley no podía evitar esbozar una tenue sonrisa cuando no sonoras carcajadas ante tanta cursilería. No recordaba la jocosidad que suele inspirar el subconsciente del legislador. La moralina cursi que rezuma la ley es tan increíble que está pensada no sólo para regular la producción, el precio y la distribución de libros sino que también pretende regular.... la lectura, -el título de la ley es ley 10/2007, de 22 de junio de la lectura, del libro y de las bibliotecas-.
Voy a tratar de resumir los aspectos de la ley que me parecen más discutibles empezando por el primero, su necesidad. Por lo visto el libro necesita de una ley especial, que no necesitan los videojuegos o los compases, porque, y cito literalmente, se "parte de la convicción de que se ofrece un producto que es más que una mera mercancía". Golpeado por semejante afirmación me dirijo al diccionario de la RAE para ver si es que en el concepto de mercancía no era suficientemente digno o tenía connotaciones peyorativas y descubro que en la primera acepción sólo pone. " Cosa mueble que se hace objeto de trato o venta." Por lo tanto si el libro fuese una mera mercancía sería "solamente" un objeto al que se le da un valor, y por lo tanto es susceptible de ser vendido y comprado. Ciertamente esto es lamentable y no se puede tolerar, el libro es más que eso, ¿qué? no se, pero más. Más allá de las bromas lo que hay en la ley es la defensa de un status quo para libreros y editores. Desconozco el argumento por el que un librero que puede vender Mein Kampf -cito este libro por no crear polémicas con libros de asesinos más actuales-, cumple una labor más cívica que el vendedor de chuches, gran apaciguador de fierecillas.
Esa defensa de las pequeñas papelerías y los grandes editores, que no se verán presionados para distribuir más barato pues los grandes almacenes no tienen libertad para fijar el precio del libro, tiene un aspecto aún mas sutil y asqueroso cuando nos acercamos a leer lo que la ley tiene que decir de los libros de texto. Resulta que ahora a los libros de texto se les concede la excepción del precio libre. A parte de la curiosidad de esta excepción, contra la que se han movido tradicionalmente las pequeñas papelerías y las editoriales, resulta una broma pesada su justificación. Se dice que se quiere favorecer el ahorro de las familias, luego se reconoce que la libertad de precios baja los costes, ¿se han convertido los políticos que nos gobiernan en liberales? ¿Se han decidido por el precio libre como una forma de favorecer el acceso a la lectura? Lamentablemente la respuesta es no por varias razones. Primero, porque el caso de los libros de texto es, tal y como dice la ley, una excepción y si reconociesen que es una medida tan valiosa para que las familias tengan un mayor acceso a los libros, y siendo uno de los grandes objetivos de la ley la promoción de la lectura, no tendrían argumentos para no aplicar el asunto del precio libre al resto de sectores. Segundo, porque, y ahí está la trampa, el estado, sea en forma de Comunidad Autónoma, sea en forma de ayuntamiento, está a punto de hacerse cargo del pago generalizado de los libros de texto. En Madrid, por ejemplo, en el curso que empezará en septiembre, un altísimo número de familias se beneficiará de los cheques para compra de libros. ¿Qué interés pueden tener las grandes superficies o las pequeñas en vender más barato cuando los clientes van a llegar con un cheque del estado? Obviamente ninguno porque el precio sobrante del cheque no iría a las familias sino que se reembolsaría al estado, tampoco las familias van a estrujarse la cabeza para buscar un lugar de venta más barato ya que no obtendrían ningún beneficio de la búsqueda. Si acaso lo que puede producirse, y se producirá, es que todos los agentes relacionados con el mercado del libro de texto, siendo como son un importante grupo de presión, sólo tendrán que dirigirse al estado para que el cheque sea cada vez más voluminoso. Pero no nos preocupemos ya sabemos como suelen resistirse los estados al aumento del gasto público. En fin, como siempre una trampa para no competir y sí cometer latrocinio. Como siempre también, y es lo que da más asco, todo sostenido con burda "ideología cultureta" sobre el valor intangible de la cultura y bla, bla, bla..., mentiras y gordas.
Voy a tratar de resumir los aspectos de la ley que me parecen más discutibles empezando por el primero, su necesidad. Por lo visto el libro necesita de una ley especial, que no necesitan los videojuegos o los compases, porque, y cito literalmente, se "parte de la convicción de que se ofrece un producto que es más que una mera mercancía". Golpeado por semejante afirmación me dirijo al diccionario de la RAE para ver si es que en el concepto de mercancía no era suficientemente digno o tenía connotaciones peyorativas y descubro que en la primera acepción sólo pone. " Cosa mueble que se hace objeto de trato o venta." Por lo tanto si el libro fuese una mera mercancía sería "solamente" un objeto al que se le da un valor, y por lo tanto es susceptible de ser vendido y comprado. Ciertamente esto es lamentable y no se puede tolerar, el libro es más que eso, ¿qué? no se, pero más. Más allá de las bromas lo que hay en la ley es la defensa de un status quo para libreros y editores. Desconozco el argumento por el que un librero que puede vender Mein Kampf -cito este libro por no crear polémicas con libros de asesinos más actuales-, cumple una labor más cívica que el vendedor de chuches, gran apaciguador de fierecillas.
Esa defensa de las pequeñas papelerías y los grandes editores, que no se verán presionados para distribuir más barato pues los grandes almacenes no tienen libertad para fijar el precio del libro, tiene un aspecto aún mas sutil y asqueroso cuando nos acercamos a leer lo que la ley tiene que decir de los libros de texto. Resulta que ahora a los libros de texto se les concede la excepción del precio libre. A parte de la curiosidad de esta excepción, contra la que se han movido tradicionalmente las pequeñas papelerías y las editoriales, resulta una broma pesada su justificación. Se dice que se quiere favorecer el ahorro de las familias, luego se reconoce que la libertad de precios baja los costes, ¿se han convertido los políticos que nos gobiernan en liberales? ¿Se han decidido por el precio libre como una forma de favorecer el acceso a la lectura? Lamentablemente la respuesta es no por varias razones. Primero, porque el caso de los libros de texto es, tal y como dice la ley, una excepción y si reconociesen que es una medida tan valiosa para que las familias tengan un mayor acceso a los libros, y siendo uno de los grandes objetivos de la ley la promoción de la lectura, no tendrían argumentos para no aplicar el asunto del precio libre al resto de sectores. Segundo, porque, y ahí está la trampa, el estado, sea en forma de Comunidad Autónoma, sea en forma de ayuntamiento, está a punto de hacerse cargo del pago generalizado de los libros de texto. En Madrid, por ejemplo, en el curso que empezará en septiembre, un altísimo número de familias se beneficiará de los cheques para compra de libros. ¿Qué interés pueden tener las grandes superficies o las pequeñas en vender más barato cuando los clientes van a llegar con un cheque del estado? Obviamente ninguno porque el precio sobrante del cheque no iría a las familias sino que se reembolsaría al estado, tampoco las familias van a estrujarse la cabeza para buscar un lugar de venta más barato ya que no obtendrían ningún beneficio de la búsqueda. Si acaso lo que puede producirse, y se producirá, es que todos los agentes relacionados con el mercado del libro de texto, siendo como son un importante grupo de presión, sólo tendrán que dirigirse al estado para que el cheque sea cada vez más voluminoso. Pero no nos preocupemos ya sabemos como suelen resistirse los estados al aumento del gasto público. En fin, como siempre una trampa para no competir y sí cometer latrocinio. Como siempre también, y es lo que da más asco, todo sostenido con burda "ideología cultureta" sobre el valor intangible de la cultura y bla, bla, bla..., mentiras y gordas.

