Educación y colección de cromos. Un ejemplo del mercado en la escuela.
Durante este verano Pablo, de cuatro años, estimulado por uno de sus tíos que le compró el álbum, ha comenzado su primera colección de cromos de fútbol, le encanta comprar los sobrecitos y descubrir los nuevos jugadores y los escudos de los equipos que son los cromos que más le gustan. Es todavía un poco pequeño pero con el tiempo entrará, como todos los que nos hemos dedicado alguna vez al asunto, en el fabuloso mercado de los cromos.
Historias como esta ocurren a diario ¿Quien no recueda los sutiles mecanismos que se generaban de modo espontáneo en esos proto-mercados? Se reunían cuatro o cinco chavales con su taco de cromos repetidos y comenzaba el fantástico intercambio que a veces era de cromo por cromo pero otras veces no. Alguien llegaba al corro con "Pichurro" uno de los últimos fichajes, un cromo de los conocidos como "difícil", y comenzaba una fabulosa puja por hacerse con él, ¿tres, cuatro, veinte cromos?. ¿Cuantos cromos valía "Pichurro"? En aquella infancia todos teníamos claro, clarísimo, que "Pichurro" valía los cromos que alguien estuviera dispuesto a dar por él. En la transacción tanto el que se quedaba con "Pichurro" como el que se quedaba con los 20 cromos se mostraban satisfechos y presumían de la operación. Los que no habíamos llegado a la puja, o la considerábamos excesiva, esperábamos con nuestro taco de cromos otras oportunidades pero no nos sentíamos injustamente tratados porque sabíamos que se había fijado el precio real del cromo en aquel día y para aquel patio de colegio. Sabíamos también que si uno de los niños mayores y abusones coaccionaba al dueño de "Pichurro" para que se lo cambiase por un sólo cromo estaba cometiendo un terrible acto de injusticia. De manera simple y natural habíamos aprendido que las cosas valen lo que otros estén dispuestos a dar por ellas y además que las cosas tiene un valor puramente relativo y subjetivo pues uno o dos días después de la operación "Pichurro" podría dejar de ser un cromo tan valioso bien porque nos habíamos cansado de su popularidad o bien porque su presencia se hacia más habitual y dejaba de ser un cromo tan "raro".
Propongo ahora que imaginemos un cuento de terror psicopedagógico posible. Imaginemos un profesor que, imbuido por las predicaciones que suelen hacerse en las facultades de Pedagogía y por la firme creencia en la injusticia básica del mercado, prepara una actividad para aprovechar pedagógicamente los espacios educativos informales como los recreos. Observa las aficiones de los críos, como esta de coleccionar cromos, y les habla de lo bien que esta coleccionar pero que deben ser justos en sus tratos, que no pueden pretender aprovecharse de los demás y que las cosas tienen un valor objetivo, que lo justo es cambiar cromo por cromo pues objetivamente todos cuestan el mismo dinero en el kiosco. El profe, plagado de buenas intenciones y apoyado por las teorías que dicen que la educación debe acercarse a la vida real, impone las transacciones "justas" en el patio del colegio. Además de haber destrozado el aspecto lúdico y espontáneo de la actividad de coleccionar cromos podrían pasar varias cosas . La primera y más deseable es que los infantes, cuyas mentes no están aún totalmente colonizadas, trasladasen el mercado oficial de cromos a las afueras del colegio o a otros espacios no controlables por el profesor. También sería posible que surgiese un mercado "negro" entre los más interesados por coleccionar que por agradar al profe. Pero podría pasar que los niños participen del mercado impuesto por el profe sin más y no lograran aprender los rudimentos de como funciona el mundo. Ni siquiera aprenderían como debería funcionar pues la actividad del hipotético profe, posible premio de innovación pedagógica, como toda intervención de la autoridad sobre el mercado, tendría efectos perversos sobre la actividad del coleccionismo en esa escuela y sobre la justicia.
Cuando yo coleccionaba existía en mi ciudad, como en todas, un mercado más amplio que la propia escuela. Parte del interés en participar en ese mercado más amplio era el de conseguir "esas joyas" que luego podían intercambiarse en el patio del cole con los compañeros por muchos más cromos. De esta manera los que participaban en esos mercados más amplios y se movían más cumplían con la misión de acercar los cromos más "difíciles" cobrando por ello lo que el propio mercado les daba. Si se suprime el beneficio porque un profesor con una miope concepción de la justicia, no ve más que el "cromo por cromo" pues desconoce lo que es el mercado, cualquier mercado, la afición por coleccionar se resentiría y se haría seguro más aburrida.
P.D. Existe una versión posible más "estatalista" de la historia. Imaginemos que el profesor para aumentar la justicia reparte los cromos periódicamente a toda la clase por igual y guarda el los álbumes para que nadie tenga una mayor ventaja por tener más recursos o disponer de un kiosco más cerca de casa. Toda esta historia puede parecer ridícula y todos imaginamos las consecuencias pero cosas como esas aunque en otros niveles se enseñan todos los días como justas en nuestras escuelas.
Historias como esta ocurren a diario ¿Quien no recueda los sutiles mecanismos que se generaban de modo espontáneo en esos proto-mercados? Se reunían cuatro o cinco chavales con su taco de cromos repetidos y comenzaba el fantástico intercambio que a veces era de cromo por cromo pero otras veces no. Alguien llegaba al corro con "Pichurro" uno de los últimos fichajes, un cromo de los conocidos como "difícil", y comenzaba una fabulosa puja por hacerse con él, ¿tres, cuatro, veinte cromos?. ¿Cuantos cromos valía "Pichurro"? En aquella infancia todos teníamos claro, clarísimo, que "Pichurro" valía los cromos que alguien estuviera dispuesto a dar por él. En la transacción tanto el que se quedaba con "Pichurro" como el que se quedaba con los 20 cromos se mostraban satisfechos y presumían de la operación. Los que no habíamos llegado a la puja, o la considerábamos excesiva, esperábamos con nuestro taco de cromos otras oportunidades pero no nos sentíamos injustamente tratados porque sabíamos que se había fijado el precio real del cromo en aquel día y para aquel patio de colegio. Sabíamos también que si uno de los niños mayores y abusones coaccionaba al dueño de "Pichurro" para que se lo cambiase por un sólo cromo estaba cometiendo un terrible acto de injusticia. De manera simple y natural habíamos aprendido que las cosas valen lo que otros estén dispuestos a dar por ellas y además que las cosas tiene un valor puramente relativo y subjetivo pues uno o dos días después de la operación "Pichurro" podría dejar de ser un cromo tan valioso bien porque nos habíamos cansado de su popularidad o bien porque su presencia se hacia más habitual y dejaba de ser un cromo tan "raro".
Propongo ahora que imaginemos un cuento de terror psicopedagógico posible. Imaginemos un profesor que, imbuido por las predicaciones que suelen hacerse en las facultades de Pedagogía y por la firme creencia en la injusticia básica del mercado, prepara una actividad para aprovechar pedagógicamente los espacios educativos informales como los recreos. Observa las aficiones de los críos, como esta de coleccionar cromos, y les habla de lo bien que esta coleccionar pero que deben ser justos en sus tratos, que no pueden pretender aprovecharse de los demás y que las cosas tienen un valor objetivo, que lo justo es cambiar cromo por cromo pues objetivamente todos cuestan el mismo dinero en el kiosco. El profe, plagado de buenas intenciones y apoyado por las teorías que dicen que la educación debe acercarse a la vida real, impone las transacciones "justas" en el patio del colegio. Además de haber destrozado el aspecto lúdico y espontáneo de la actividad de coleccionar cromos podrían pasar varias cosas . La primera y más deseable es que los infantes, cuyas mentes no están aún totalmente colonizadas, trasladasen el mercado oficial de cromos a las afueras del colegio o a otros espacios no controlables por el profesor. También sería posible que surgiese un mercado "negro" entre los más interesados por coleccionar que por agradar al profe. Pero podría pasar que los niños participen del mercado impuesto por el profe sin más y no lograran aprender los rudimentos de como funciona el mundo. Ni siquiera aprenderían como debería funcionar pues la actividad del hipotético profe, posible premio de innovación pedagógica, como toda intervención de la autoridad sobre el mercado, tendría efectos perversos sobre la actividad del coleccionismo en esa escuela y sobre la justicia.
Cuando yo coleccionaba existía en mi ciudad, como en todas, un mercado más amplio que la propia escuela. Parte del interés en participar en ese mercado más amplio era el de conseguir "esas joyas" que luego podían intercambiarse en el patio del cole con los compañeros por muchos más cromos. De esta manera los que participaban en esos mercados más amplios y se movían más cumplían con la misión de acercar los cromos más "difíciles" cobrando por ello lo que el propio mercado les daba. Si se suprime el beneficio porque un profesor con una miope concepción de la justicia, no ve más que el "cromo por cromo" pues desconoce lo que es el mercado, cualquier mercado, la afición por coleccionar se resentiría y se haría seguro más aburrida.
P.D. Existe una versión posible más "estatalista" de la historia. Imaginemos que el profesor para aumentar la justicia reparte los cromos periódicamente a toda la clase por igual y guarda el los álbumes para que nadie tenga una mayor ventaja por tener más recursos o disponer de un kiosco más cerca de casa. Toda esta historia puede parecer ridícula y todos imaginamos las consecuencias pero cosas como esas aunque en otros niveles se enseñan todos los días como justas en nuestras escuelas.

