miércoles, marzo 19, 2008

Educación e incentivos

Hay dos noticias recientes que me han llamado la atención, esta y esta. Las dos tienen algo en común pero también las dos tienen importantes diferencias. Ambas se refieren a la utilización de incentivos económicos en la educación. La primera describe un programa creado en colegios públicos de Nueva York pero financiado con dinero privado. El programa pretende pagar a los estudiantes que obtengan buenos resultados para incentivar el estudio. Se pretende el fomento a largo plazo de la motivación intrínseca hacia el aprendizaje mediante la utilización de incentivos extrínsecos a corto plazo como el dinero.
La segunda de las noticias cuenta el polémico programa de la Junta de Andalucía para mejorar la calidad de la enseñanza. Para mejorar la calidad no se les ha ocurrido otra cosa que pagar más a los profes que suspendan menos. Luego nos extrañamos de que nos critiquen.
Creo que el asunto de los incentivos en educación resulta un tema interesante para la reflexión porque el ser humano actúa por incentivos. No sólo incentivos económicos, por supuesto, pero también por estos.
Existe una especie de fobia, un tanto irracional, a ligar las recompensas materiales al esfuerzo en el estudio. Los que así piensan suelen razonar así: "el saber es valioso en sí mismo, no necesitamos incentivarlo de otra manera pues al hacerlo estaríamos degradando el valor supremo del saber por el saber. Sólo necesitamos hacer visible este valor". ¿Es eso cierto? Pues sí y no.
Cuando un violinista virtuoso, o un pianista consumado, interpretan una obra seguramente disfruten del proceso sin necesidad de ningún otro aliciente que el tocar. De la misma manera, también cuando un aficionado a la lectura lee disfruta de la acción y no necesita que le paguen para hacerlo. Sin embargo, nadie llega a ser un virtuoso del piano o del violín ni un gran lector si no pasa antes por el duro proceso del aprendizaje, equivocándose en las notas o en las sílabas, repitiendo y repitiendo en un proceso, que con diferencias, es difícil y que, en su transcurso, pasa por fases no gratificantes. Para pasar esos momentos, generalmente ligados a los inicios, se necesitan incentivos externos. El aplauso de papá o mamá suele ser el más utilizado, también, por qué no, los premios. Los incentivos externos a las prácticas que resultan valiosas en sí mismas pero cuyo valor se descubre con el tiempo, son, muchas veces, necesarios y útiles. Por eso, que una fundación como la Rockefeller ofrezca dinero para programas como ese no me parece, ni mucho menos, denigrante para los niños o para el saber. Que niños que no descubren en su casa el valor de la lectura se acerquen a su práctica atraídos por unos dólares no creo que sea malo. Que descubran que su esfuerzo tiene una recompensa razonable no es, desde luego, una idea detestable. Si además se les enseña a administrar ese dinero puede convertirse en un plan más que interesante.
El caso propuesto por la Junta de Andalucía es muy diferente por varios motivos. El primero, y no banal, es que se hace con dinero público. Gente que administra dinero que no ha ganado y en cuya gestión generalmente no se juega nada puede fácilmente caer en el despilfarro. Si además, empiezan por pagar 600 euros (ver art 12.1) sólo por apuntarse al programa la sospecha de despilfarro se acentúa. Si todo el programa se basa en documentos, burocracia y acuerdos con sindicatos las sospechas crecen aún más. Si encima parte de los incentivos se ligan a un mayor número de aprobados es normal que surja gente malvada que sospeche que sólo se trata de maquillar estadísticas.
Para valorar un programa deberíamos tener claro qué se pretende incentivar y qué se debería pretender incentivar. Al alumno se le debe incentivar el aprendizaje y por eso parece lógico tomar las notas como referente. Sin embargo, cuando incentivamos a un profesor por la cantidad de aprobados que tiene, y él mismo es el encargado de la evaluación, parece lógico pensar que no le estamos incentivando por una mejor enseñanza sino únicamente por un menor índice de suspensos que no es lo mismo. Todos sabemos que bajar el número de suspensos se puede conseguir o a través de una mejor enseñanza o a través de una evaluación más fácil. Nuestro programa no discrimina entre una y otra. Sí sabemos cual es la menos costosa y conocemos la connatural tendencia a la burguesía del ser humano.