viernes, octubre 10, 2008

Incentivos

Leo en Freakeconomics, de Steven Levitt y Stephen J. Dubner, una anécdota con algo de miga. Una escuela infantil cansada de los retrasos de los padres decide solucionar el problema estableciendo un sistema de multas, de 3 dólares creo recordar, para aquellos que se retrasen a la hora de recoger a sus polluelos. Las consecuencias fueron curiosas. Aquellos padres que llegaban tarde se relajaron pues se sentían justificados pagando la multa. Otros padres también aliviaron su puntualidad horaria con el centro pues, presuntamente, el pago de la multa compensaría los trastornos de llegar tarde. Consecuencia los retrasos aumentaron.

En educación tema de los incentivos se ha discutido profusamente. ¿Funcionan los premios y castigos? ¿En qué medida? Es una cuestión difícil, más difícil de lo que aparenta, pues en el ser humano las motivaciones y los incentivos en juego son de muchos tipos y las interrelaciones múltiples lo que provoca que sean asuntos muy contextualizados en los que tienen más posibilidad de acertar aquellos que tengan mucha de esa información contextual y suficiente prudencia. En el caso comentado los diseñadores de la multa no cayeron en la cuenta de que estaban sustituyendo un incentivo moral -habitualmente despreciado por los materialistas-, como respetar el trabajo de los otros y respetar sus horarios, por un incentivo económico mal calibrado, una multa que resultaba claramente insuficiente. El resultado fue el contrario del esperado.

Estos días, en los que se habla mucho de intervenciones del gobierno y de soluciones frente a las crisis económicas, se suele subestimar la complejidad de la economía con lo que esto significa de simplificación de lo que el ser humano es y de la variedad de intereses y necesidades que le mueven.

Vivimos mejor si pensamos que el mundo es un lugar fácilmente controlable y predecible, que las medidas de los gobiernos arreglarán la economía, o que obligando a los niños a ir al colegio está todo solucionado. La realidad es que nadie sabe las mejores soluciones pero en los tiempos de especial incertidumbre, aquellos en los que nuestras magníficas autoridades menos tendría que intervenir y más humilde deberían ser, proliferan respuestas sencillas, populistas y demagógicas como puede comprobar cualquiera que se pase por los foros de los periódicos y lea los comentarios desprendidos de las noticias económicas. Creo que los viejos errores nunca fueron tan nuevos como estos días.

2 comentarios:

César dijo...

Humilde invitación por mi parte a sumergirnos en el maravilloso mundo de la economía conductual. ¿Podría ser la irracionalidad predecible? Reza el capítulo de Redes dedicado a este campo...

Como posible introducción, el ya clásico libro de Dan Ariely: Las trampas del deseo.

gracias David.

Sarilla Malibú dijo...

No se me ocurrió nunca pensar que un incentivo moral pudiera tener más peso que un incentivo económico. Esta entrada me ha dejado muy sorprendida.

La verdad es que, cuando estuve en el campamento de este verano y venían los padres tarde, salíamos a la puerta y cerrábamos el colegio. Fue el mejor remedio contra la impuntualidad que he visto nunca.

Felicitaciones por la entrada, me ha dado que pensar