jueves, diciembre 03, 2009

A vueltas con los crucifijos en las escuelas.

Sigue la polémica.

-Una vez conocí a un hombre como usted, Lucifer- siguió diciendo el monje monótonamente sin ninguna inflexión especial-. Aquel hombre adoptó...

-No hay un hombre como yo -protestó Lucifer con tanta violencia que su nave dio un bandazo.

-Como iba diciendo –prosiguió Michael_, aquel hombre adoptó ese punto de vista según el cual el símbolo de la cristiandad es una expresión del salvajismo y la irracionalidad. Su historia es muy elocuente. Es una alegoría perfecta de lo que les ocurre a los racionalistas como usted. Comenzó, naturalmente, por eliminar de su casa los crucifijos, fuera el que llevaba al cuello su esposa, fueran incluso los que aparecían en los cuadros colgados de las paredes. Aquel hombre decía, como usted, que eso era una simple forma fantásticamente arbitraria, una monstruosidad amada por paradójica. Entonces empezó a hacerse más y más fieramente excéntrico; rompía las cruces que encontraba en los caminos, pues vivía en un país católico romano. Finalmente, en la cumbre de sus despropósitos, se subió una noche a la torre de una parroquia y echó abajo la cruz que la coronaba mientras profería brutales blasfemias bajo las estrellas. Después, una noche de verano, cuando regresaba a su casa a través de una senda, su locura diabólica comenzó a insuflarle ideas para cambiar el mundo. Se detuvo unos instantes para fumar, mientras pensaba en todo aquello, frente a una interminable estacada, y de repente se le abrieron desmesuradamente los ojos. No es que viera una luz hiriente, no es que viera de súbito un libro abierto y revelador, sino que observó que la estacada era algo así como un ejército de cruces que se extendían hacia las faldas de la colina. Entonces alzó su bastón y cargó contra las cruces. Milla tras milla a lo largo de su camino fue descargando bastonazos contra las cruces. Cuando llegó a su casa era un hombre literalmente loco. Se dejó caer en una silla, pero al instante le pareció que la carpintería del mobiliario reproducía también aquel símbolo, para él horrible, aquella imagen intolerable. Se metió en la cama pensando que todo respondía a una confabulación. Y al poco se levantó para cargar contra los muebles, a los que tenía por cruces dispuestas de distintas maneras. Y luego pegó fuego a su casa, pues la tenía por hecha de cruces... Lo encontraran en el río...

Lucifer lo miraba con sus labios crispados.

-¿Esa historia es real? –preguntó.

-Claro que no -dijo Michael alegremente-. Es una parábola. Es una parábola que los representa a usted y a sus racionalistas. Comienzan ustedes por destrozar la cruz y acaban destrozando el mundo habitable. Ahí los tenemos a ustedes, diciendo de continuo que la Iglesia no puede ir contra sus voluntades, pero cuando nos volvemos a encontrar dicen que nadie debe adherirse a la Iglesia.

(G.K. Chesterton (1910) La esfera y la cruz)