martes, marzo 22, 2011

Universidad, religión y capillas.

Durante unos días hemos tenido una interesante polémica en la Facultad de Educación de la Complutense en torno a la pertinencia o no de contar con una capilla en el centro. Los antecedentes de la discusión son bien conocidos, el lamentable episodio en la Facultad de Psicología de Somosaguas.

Abordar un tema como éste resulta complicado, por la cantidad de aristas desde el que puede ser estudiado y por la visceralidad que suele rodear estos debates. La misma pregunta sobre la existencia de una capilla en una universidad pública está sometida a tantas formulaciones y cada formulación implica tantas cosas que resulta difícil resumir la discusión en un par de eslóganes. Por ejemplo, no es lo mismo preguntar si se debe cerrarse una capilla en una universidad pública que preguntar si debemos prohibir una capilla en una universidad pública. Tampoco lo mismo preguntar si debemos construir todas las universidades públicas con una capilla que preguntar si podemos, en un estado no confesional, permitir que haya capillas en las universidades públicas. Estoy casi seguro de que quienes hayan leído las preguntas con una mente medianamente abierta, habrán descubierto la posibilidad de responder si y no mostrando aparentes contradicciones que no tienen por qué ser tales sino que más bien son la expresión de la dificultad que realmente entraña el asunto. Esta dificultad nace, en mi opinión, de la mezcla de al menos cuatro problemas.

Primero, qué es lo público y quién lleva la iniciativa dentro de lo público. Segundo, cuáles son las posibilidades y los límites coactivos de las administraciones públicas. Tercero, qué relación existe entre religión y razón. Cuarto, cuál es el objetivo de la Universidad. Sobre las cuatro preguntas existe abundante literatura, trataré de argumentar sobre ellas sin llenar la entrada de citas y procurando no ser extremadamente aburrido.

Básicamente, solemos identificar lo público con lo estatal, con aquellos espacios que no son de propiedad privada, dedicados al bien común, y sobre los que mandan las leyes y las administraciones públicas. La iniciativa sobre lo público, dentro de este modo de ver las cosas, es de las administraciones públicas y de aquellos sobre quienes las administraciones públicas, siguiendo un procedimiento racional y transparente, deleguen. No obstante, esa concepción del ámbito público debe coexistir con la defensa del derecho de participación directa de la sociedad civil en las instituciones estatales dedicadas al bien común como una defensa frente a la idea de que el estado lo es todo.

Esta participación debe permitirse, al menos, por dos razones. Primero, porque sobre el bien común actúan, de hecho, instituciones que no son públicas, basta recurrir para mostrarlo a las famosas ONG's, aunque también a empresas y particulares. El bien común no es privativo del estado. Segundo, porque en una sociedad democrática el principio de participación no debería reducirse a meter un papel en una caja cada cuatro años sino que debería incluir la posibilidad de que las personas individuales y las instituciones privadas, contribuyan durante toda una legislatura, y no sólo al comienzo, a la construcción del ámbito público.

En este contexto ¿qué pueden y deben prohibir las administraciones públicas? Parece evidente que estas administraciones deberán prohibir aquello que claramente atente contra el bien común pero deberán abstenerse de prohibir cualquier otra cosa. No quiero entrar ahora, porque alargaría esta entrada hasta el infinito, en la definición de este bien común, baste sólo apuntar que bien común no se refiere sólo a lo que es útil para de la mayoría ni tampoco a una especie de bienestar consensuado. Esto nos permite, por ejemplo, defender los derechos de las minorías como parte del bien común.

Algunas sociedades occidentales, de indudables raíces cristianas, han incluido la promoción de la ciencia y de la razón dentro de ese ámbito de lo público. Muchas de esas sociedades han pensado que esa promoción requiere de la iniciativa y participación de los estados. Para esta labor se crean y se promueven unos espacios de formación e investigación que llamamos universidades. Dos consideraciones sobre estos espacios. Primero, como espacios públicos que son, no deberían ser reacios a la cooperación con las iniciativas privadas salvo que queramos verlos convertidos en aparatos del totalitarismo estatal. Segundo, como son espacios de formación, y de una formación que se dice integral, no es extraño encontrarse en los mismos, por ejemplo, con campos deportivos. Nuestra sociedad concibe el deporte como una parte importante del desarrollo personal. Tampoco es extraño que, de la misma manera, permita espacios que desarrollen el ámbito religioso que muchos, o algunos, consideramos importante, e incluso el fundamento de la razón.

Quizás deberíamos preguntarnos ahora por qué esa extraña cruzada contra el desarrollo del ámbito religioso en la Universidad y no contra el desarrollo del ámbito deportivo en la Universidad. Es posible que muchos puedan argumentar que la universidad si acaso podría permitir un espacio multiconfesional pero en ningún caso debería optar por la promoción de una única confesión. Es cierto que en otros ámbitos, por ejemplo el norteamericano, que mantiene una constitucional separación entre iglesias y estado, existen en las universidades públicas capillas multiconfesionales. ¿Por qué hay aquí capillas exclusivamente católicas? Habrá que tener aquí en cuenta para explicarlo las raíces sociales que explican muchas de estas diferencias, -la complutense, por ejemplo, la fundó un cardenal- igual que explican, sin que esto suponga comparar ambos ámbitos, porque en la Universidad Complutense proliferan los campos de rugby y de fútbol y escasean las pistas de padel o de tenis sin que los amantes de los deportes de la raqueta se rasguen las vestiduras.

Ciertamente, el futuro no está escrito, y es posible que las capillas desaparezcan, que se conviertan en espacios multiconfesionales, o que proliferen aún más. Todo depende de la demanda social y de la defensa que hagamos los católicos de esos espacios, pero, por favor, si desaparecen no nos dejemos contar la mentira, que es la que realmente subyace a los debates expuestos, de que lo religioso es completamente contrario a lo racional y de que el ámbito religioso es un ámbito a extirpar del espacio público.

3 comentarios:

Bianca dijo...

Estimado David,

Creo que das en el centro de la diana cuando señalas la complejidad de este tema, indicando la variedad de perspectivas desde las cuales es posible abordar (y manipular) la cuestión. Una cuestión que tiene efectivamente mucho que ver con la delimitación de lo público y de lo privado, y de los fines de la universidad. Y es que, hay varias cosas de este debate que me siguen desconcertando:

- Empezando por la primera pregunta que identificas como subyacente al debate en que nos encontramos ("qué es lo público y quién lleva la iniciativa dentro de lo público"), me parece claro que cuantas más iniciativas de la sociedad civil haya y cuanto más denso y plural sea el tejido social públicamente activo (en la universidad y fuera de la misma), tendremos más y mejor democracia. Quien no quiere lo primero, no puede decir querer lo segundo. Para tener más y mejor democracia, hay que celebrar la existencia de pluralidad de miras, incluidas las iniciativas que “no me gustan”, “no quiero para mí” o “considero equivocadas”.

- En lo que respecta a tu segunda pregunta, me parece que las posibilidades y los límites coactivos de las administraciones públicas se encuentran, precisamente, en los propios límites y posibilidades que establece el marco constitucional en que se amparan las susodichas administraciones públicas. Si, como es nuestro caso, nos encontramos en un marco constitucional democrático que promueve las libertades y el pluralismo, cualquier acción coactiva tomada en su contra genera menos y peor democracia.

- Sobre los fines de la universidad y la supuesta incompatibilidad entre la religión y la razón (preguntas tercera y cuarta), me parece evidente que la universidad, como institución, en muchos casos, de carácter público y como espacio dedicado, en muchos casos también, al desarrollo del libre pensamiento, contiene en sí la promoción democrática de las libertades y del pluralismo (incluido el religioso).

Sin embargo, lo que está realmente en pugna aquí, y que es lo grave desde todo punto de vista, es que se está hablando de cerrar espacios donde personas adultas se reúnen para expresarse libremente. Se está hablando de dificultar en lugar de facilitar el derecho fundamental a la libre asociación.

Gracias por ayudarnos a pensar más.

Un saludo,

Bianca Thoilliez

José María Barrio dijo...

Suscribo en todos los puntos lo que dice Bianca. Añado sólo dos cosas:
- Lo más contrario a la razón no es precisamente la fe (que fue el principal impuslo de quienes crearon la Universidad), sino la sinrazón en la que formalmente consiste la violencia, el insulto, la denigración injuriosa y la verborrea de quienes desean someter a los católicos a un régimen de "apartheid" y devolverlos a las catacumbas.
- A las histéricas que invadieron la Capilla de Somosaguas para desnudarse allí me ofrezco a guiarlas a la mezquita de la M-30, también edificada sobre suelo público municipal, para que hagan lo mismo... si se atreven.
José M. Barrio

Almudena Barta dijo...

En esta Sociedad en la que cada dia se proclama la lucha por los derechos de las personas (gays, lesbianas, transexuales, derecho a abortar, etc), exigiendo que el gobierno subvencione diversos eventos y actos (como las operaciones de cambio de sexo, como algunos procesos abortivos, etc), cuando toca la hora de defender los Derechos de los Creyentes (que solo desean profesar su Fe en paz), ¿debemos retirarles sus derechos? Menos cinismo y un poquito mas de coherencia por favor...

Anda que no hay montones de asociaciones culturales en las diversas facultades, y nadie monta un espectáculo porque una de esas no se adecue al gusto de uno.

En fin, tampoco sé qué será de las capillas en un futuro, pero mientras estén, yo al menos defenderé su permanencia.